lunes, 4 de agosto de 2008

Antes de correr, piénselo.

El otro día me tocó una situación interesante: sin previo aviso me cayó encima un departamento entero de tareas, que había quedado huérfano unos días antes debido a una re-estructuración de la empresa. Obviamente recibí el discurso de 30 minutos de "cómo funciona el departamento"... ese discurso universal con el que se supone hasta un mono podría hacerse cargo de todo, pero que al final no sirve para mucho.

Lo primero que hice, casi que por instinto, fue ponerme a apagar incendios. Papeles que estaban esperando revisión, documentos que ocupaban ponerse al día, reportes que había que hacer y entregar.

Y de repente, tuve un momento de iluminación, y me di cuenta precisamente de lo que estaba haciendo. Estaba haciendo y haciendo y haciendo, sin haberme contestado la pregunta fundamental: qué estoy haciendo, y por qué importa?

Qué es exactamente lo que hace este famoso departamento? A dónde entran a jugar todos estos informes, papeles, documentos, y cálculos? Lo que estoy haciendo, es realmente lo importante en este departamento, o es simplemente peso muerto que alguien le tiró encima porque no cabe en ninguna otra parte?

En ese momento dejé todo a un lado, abrí una hoja en blanco, e hice una lista de lo que produciría este departamento que estaba heredando. Dediqué dos horas del día a tener una idea clara de qué tareas iba a hacer mi departamento y por qué... una especie de menú de los productos que ofrecería esta parte de la empresa. Y a partir de ese momento, todo cambió. De repente un montón de incendios dejaron de ser incendios. Y tareas que parecían tener poca importancia pasaron a ser los verdaderos incendios.

Descubrí qué era lo verdaderamente importante, y qué era lo que simplemente hacía molote. No voy a decir que 10 minutos después pude irme de vacaciones 3 semanas y viví feliz para siempre, pero si me quedó claro que lo que estaba haciendo era lo verdaderamente importaba. Y eso si hizo un mundo de diferencia.

Es interesante que a veces empezamos a resolver problemas, sin saber realmente cuál es el problema. Dejamos que el sentimiento de urgencia se adueñe de nosotros y entonces empezamos a trabajar todo lo que encontremos a nuestro alrededor: después de todo, si está ahí tiene que ser importante, no? (No)

Pasamos 90% de nuestro tiempo correteando, y solo un 10% revisando el mapa que nos dirá por dónde correr.

No hay que hacer eso. Aunque nos parezca que es lo correcto, "ante la urgencia". Aunque todos estén desesperados porque quieren su reporte, porque quieren su autorización, porque quieren que el departamento "funcione ya". Si dejamos que la ocurrencia del momento nos guíe, sin saber a dónde tenemos que llegar, vamos a terminar seriamente perdidos.

Cuando uno está ahogándose, cuando hay mil cosas que hacer, cuando todo tiene que estar para ya... lo mejor es detenerse y pensar. Hay que tener claro qué tenemos que hacer, y por qué. Es mejor gastar un par de horas planeando el trabajo y sacar adelante lo que realmente importa, que pasar todo el día en carreras y al final sacar precisamente lo que no importa.

La gente que sale adelante con tareas monumentales no necesariamente es porque son magos, o porque trabajan 20 horas al día. A veces es simplemente saber qué hacer hoy, y qué puede esperar para mañana.